miércoles, 19 de marzo de 2014

Y ahora, ¿seguiremos con la MUD?

Escribo estas reflexiones cuando las guarimbas sólo han dejado cenizas no renovables por el Ave Fénix, y la tarea humillante de barrerlas por parte de los alcaldes opositores. Una vez más la oposición venezolana se ha derrotado a sí misma, pero contabiliza en su haber dos victorias no desdeñables: reconquistó la calle y nucleó la idea de que es imprescindible reorganizar la oposición. La protesta con la calle, que no callejera, nos dará la magnitud del respaldo popular a nuestros reclamos. En una dictadura la calle es el principal espacio opositor, sin embargo, la oposición actual ignoró ese principio porque todavía no admite la existencia de la dictadura. La MUD cree, todavía, que se puede dialogar con los colectivos armados y con el Ño Pernalete de la AN. Es el momento de escribirle su epitafio.    

La oposición está tan acostumbrada a la derrota que luce ocioso analizar sus causas; en este caso, sin embargo, la derrota extingue la vieja oposición y nos exige una nueva; por eso aventuraremos algunas hipótesis con relación a sus causas. La que más resalta es que la oposición no ha podido, más bien no ha sabido, aprovechar las ventajas que le depararon las circunstancias políticas, y hasta la providencia, porque durante todo este tiempo  creyó, o quiso creer, que adversaba a un gobierno democrático y participativo; de ahí que su accionar se concretó en la espera de elecciones orquestadas y desarrolladas por los partidos políticos; sólo ahora se habla de dictadura, aunque todavía quedan algunos Julio Borges que recomiendan pisar quedo, no vaya a ser que se despierte el “gigante”.  

Con base en lo anterior, la oposición venezolana centró su esfuerzo en aceptar y preparar un partido político (PJ) para que, eventualmente, asumiera las riendas de un gobierno post Chávez; cuya  estrategia se caracterizara no por bregar el poder sino por esperar que se lo dieran; su juventud era (¿es?) su principal arma, por eso, al igual que el potro de “caballo viejo”, podía dar tiempo al tiempo porque le sobraba la edad. Pero advinieron las sobrevenidas: la muerte del caudillo y de la democracia venezolana. La dictadura, desnuda, se hizo más nítida y obscena. Frente a esto, una parte de la oposición  decidió, asumiendo los riesgos, abandonar el chinchorro y protestar en la calle y con la calle, para hacer verdadera oposición. Muchos les creímos y apoyamos.

La reconquista de la calle fue todo un éxito, aunque ensombrecido por el número de víctimas (heridos, muertos y detenidos); cada marcha superaba la anterior hasta llegar a la apoteósica del 2 de  marzo. Sin embargo, en cada nueva marcha los propósitos y mecanismos de la protesta también fueron cambiando; algo parecido a una consigna del “mayo francés de 1969”: “Cuando ya sabíamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas”. Fuimos convocados para tomar la calle, y terminamos queriendo tomar el Gobierno; nuestra fuerza comenzó por evidenciar la magnitud de la marcha, y terminó por hacer proliferar, sólo en el este de Caracas, la inútil y perjudicial guarimba. Los líderes que convocaron a reconquistar la calle son responsables de que ese propósito se haya desvirtuado.

Los acontecimientos políticos de los meses febrero y marzo terminó siendo una escaramuza entre dos fracciones al interior de la MUD, o mejor, al interior del partido PJ y sus aliados por cuestiones de liderazgo; el enfrentamiento con el Gobierno fue un intento por, como se dice en ajedrez, “comer al paso”. Sus resultados permiten  identificar a los perdedores irreversibles: la fracción que representa al sector oficial de la MUD y, especialmente, la estrategia desarrollada por Capriles: paciencia y votos. En el futuro político inmediato, esta posición ya es historia.

Por la otra, la fracción que reivindica la calle como espacio más idóneo para enfrentar una dictadura. Liderada por López, Machado y Ledezma enarbolaron, a las primeras de cambio,  la bandera de reconquista de la calle, pero rápidamente fue arriada a mitad de camino creando mucha confusión y anarquía. De esta posición debería rescatarse la concepción de la calle como espacio anti dictatorial, pero rechazar la falta de planeamiento que raya en la irresponsabilidad. Como se ve, ambas estrategias fracasadas demandan con urgencia una reorganización de la oposición.  No hace falta una nueva MUD, sino una nueva oposición.

lunes, 10 de marzo de 2014

Rebeldes: con causa pero sin liderazgo

Las protestas que comenzaron el 12-2-2014 continúan (9-3-2014) con más pena que gloria. Con pena porque el movimiento devino en uno anárquico que desvirtuó su propósito, si es que alguna vez lo tuvo, y desacreditó su estrategia y tácticas, perdiéndose el efecto de la reconquista de la calle mediante las grandiosas marchas del 12, 18, 22 de febrero  y la apoteósica del 2 de marzo; y se adoptara la guarimba violenta y estúpida como el signo más visible de la protesta. Con gloria,  porque internacionalmente se pudo demostrar, sin ningún género de dudas, que el gobierno de Venezuela es dictatorial y forajido, porque no sólo oprime a sus ciudadanos sino que no respeta el derecho internacional.

¿Cómo llegamos a estos resultados? Por falta de liderazgo. Leopoldo López y María Corina Machado nos engañaron al convocarnos para reconquistar la calle y luego cambiaron el propósito hacia el derrocamiento de Maduro. El objetivo inicial era despertar a la oposición del letargo en que la MUD y Capriles la habían sumido. Este objetivo se logró con creces pero para entonces, tercera marcha, ya había dejado de ser el objetivo. El movimiento se anarquizó y respondió a la violencia de la represión gubernamental con la de la guarimba; que los líderes (tanto caprilistas como lopecistas) no se atrevieron a  condenar ni desafiar y, en algunos casos, hasta la justificaron.

La mayoría de los análisis sobre el futuro de la oposición política conducen a una misma conclusión: ella deberá reorganizarse. ¿Cómo? Ya se asoman algunas ideas, por ejemplo, la de unir en un solo movimiento opositor a caprilistas y lopecistas; unión que podría sellarse con un abrazo y una moneda para lanzarla y saber a quién corresponde la presidencia en el nuevo gobierno. La ironía no evidencia burlona seguridad sino real preocupación, pues por esta vía podría llegarse a un paralelismo político entre Gobierno y oposición: en el Gobierno, Cabello y Maduro como presidentes eternos; y en la oposición Capriles y López como eternos candidatos. 

Sin embargo, hay quienes consideramos que la MUD y las políticas y hombres que las llevaron a cabo ya cumplieron su ciclo vital, ya no dan, ni deben dar más. La MUD no debe ser maquillada sino transformada; y esa transformación debe tener como eje la ausencia del monopolio de activistas políticos en las instancias de dirección. La historia de la MUD es la de un eterno forcejeo entre las diferentes fracciones políticas que la integran, por proporcionar a sus parciales prebendas o posiciones que le depararan ventajas políticas al partido que representan. ¿Anti política? No, anti politiquería.


Una reorganización de la oposición pasa, primero y prioritariamente, por definir y caracterizar la naturaleza política del Gobierno: ¿Es o no una dictadura? De la respuesta que se dé a esta interrogante dependerá el rostro y accionar de la nueva oposición; una respuesta que debería darse en un espacio inclusivo y diáfano para que en lo adelante cada quien sepa a que atenerse.  ¿Quién tomaría las riendas de esa reorganización? En mi opinión hay que darle a la MUD una última oportunidad para que se vaya por la puerta grande, y que sea ella misma quien convoque a los representantes de los diferentes sectores que habrán de transformarla. Una nueva oposición así concebida se confundiría con una verdadera unidad nacional.

domingo, 2 de marzo de 2014

Oposición, otra vez entrampada

Las concentraciones opositoras de los días 12, 18 y 22 de febrero nos ilusionaron porque se había reconquistado la calle y, aparentemente, se había preservado la unidad; y si bien el voluntarismo de tales acciones resultaba bastante riesgoso, lo justificamos porque, como escribió Moleiro, “la gestión política de la oposición no podía seguir metida en oficinas; tenía necesariamente que salir a la calle” (1), por eso dijimos en nuestro blog (2) que la acción había sido una “Imprudencia necesaria”; pensábamos, entonces, que Leopoldo López antes de entregarse había convenido con María Corina y los estudiantes hasta donde llegaba el movimiento en términos de naturaleza, duración y logros.

Al pasar de los días nos hemos dado cuenta que no hay nada pensado ni planeado; por ejemplo, el pliego de peticiones para discutir con el Gobierno es de lo más variopinto: Capriles tiene uno, Aveledo tiene otro, Ledezma aboga por el suyo y los estudiantes, junto a María Corina, tienen un rosario de peticiones muy poco viables porque no descartan el derrocamiento de Maduro, por eso amenazan seguir con las guarimbas “hasta que sea necesario” ¿Qué vaina es esta?, ¿con este despelote opositor se pretende cambiar al Gobierno? Si los llamados líderes de la oposición no reparan en  lo que lograron y ahora arriesgan torpemente, no merecen que se les considere como tales.

¿Qué se logró? El regreso a la calle por la puerta grande; cierto, esta particularidad no es exclusiva de la oposición, pero a ésta le cuesta menos llenarla y hacerla vibrar que al sector oficialista que para asistir debe ser bozaleado e intimidado, y siempre que no se cometa el error de Capriles de considerar estos apoyos de masa como un depósito a plazo fijo que sólo se moviliza en el momento de una elección. La calle opositora de ahora en adelante debe convertirse en la principal instancia de contraloría social y política, hasta que se restaure la democracia y volvamos a tener una contraloría decente.

El otro logro muy significativo es que la ocasión permitió desnudar internacionalmente el carácter  represivo del régimen; por supuesto esto no es un haber de la oposición sino un error garrafal del oficialismo al tratar de censurar a las agencias internacionales de noticias, especialmente lo sucedido con CNN que durante estos días privilegió en su parrilla de noticias los sucesos de Ucrania y Venezuela, estableciendo veladamente (a veces no tan velada) un paralelismo entre ambos gobiernos. Ahora el Gobierno de Maduro ha recibido una repulsa internacional que no lo saca del poder pero que lo impregna del tufo totalitario de los Estados forajidos. 

Lo anterior fueron grandes logros, pero a un costo exorbitante. La presencia de muertos y heridos nos debe hacer recordar que ellos no tienen filiación porque su condición común es la de víctimas. En lo que respecta a la oposición debe planificarse muy bien para reducir al mínimo el número de ellas. Sabemos que en las acciones de calles siempre encontraremos Guardias Nacionales y sicarios motorizados y de a pie; por eso hay que extremar las precauciones y, sobre todo, no darles oportunidad a los violentos, ni mucho menos imitarlos con acciones, retaliativas o no, que sólo ayudan al régimen a “justificar” su represión. No se pretende evitar la protesta sino hacerla más eficiente y eficaz, en suma, más inteligente.

La oposición reconquistó la calle pero no preservó la unidad, para ello debemos caminar por la misma acera aunque nos vistamos de diferentes colores pero uniformados en un mismo propósito. Ella no pertenece  a personalidades ni grupos; ni a Capriles ni a su partido; ni a Corina, Ledezma o López; ni a los valientes estudiantes a quienes queremos pero a los que no reconocemos derechos particulares en la defensa del país; cuando pretendamos hablar en nombre de la oposición recordar que en esta hora aciaga lo hacemos en nombre del país y sus ciudadanos. Por eso, la respuesta a las reiteradas invitaciones a dialogar por la Paz que nos hace el Ejecutivo; sólo debe ser atendida por una oposición reorganizada.

El Gobierno aprovecha la desunión opositora y los está invitando, con nombre y apellido, a un supuesto diálogo que no tiene otro propósito que el de atenuar la imagen totalitaria del régimen. Ante esto sólo cabe la creación de un frente no chavista, con un liderazgo compartido, que incorpore a los auto nombrados  líderes e incluya nuevos representantes de la sociedad civil. Cuando le demostremos al Gobierno que estamos unidos, a éste no le quedará otra que implorar el diálogo verdadero. Del Gobierno se ha dicho que cambia, o lo cambian; de la oposición también.    

(  1)    Moleiro, Alonso. El derecho y el deber de protestar. TalCual. 15-2-2014

(  2)    cvillarroelc.blogspot.com

miércoles, 19 de febrero de 2014

Imprudencia necesaria

Nos referimos a la marcha estudiantil opositora del 12-2-2014. Imprudente no por haberla realizado, sino por no haberla planificado meticulosamente. ¿Significa esto que de haberse planificado no hubiese habido víctimas? Es posible que sí, pero lo más seguro es que no, porque los colectivos están allí para provocar, intimidar y agredir opositores, en consecuencia, su accionar siempre deparará víctimas; en todo caso, una mayor planificación desnudaría las acciones e intenciones del Gobierno con relación a la violencia. ¿Imprudencia necesaria? Sí,  porque “la gestión política de la oposición no podía seguir metida en oficinas; tenía necesariamente que salir a la calle” (1) y esto sólo se lograba con más pasión que razón.

Más allá de los estudiantes muertos, heridos y presos que por siempre habrá que lamentar, la marcha nos dejó algunas enseñanzas que es preciso asimilar. A) Acabó con la estrategia de “quietismo caprilista” y reivindicó la calle como el principal instrumento de protesta cuando se enfrenta una dictadura que ha conculcado todos los poderes públicos. B) La calle, como instrumento de lucha política, no es un mecanismo estático; la oposición está obligada a moldearla creando en cada caso suficientes salidas colaterales que eviten los callejones sin salida. C) En cada oportunidad que se utilice la calle como espacio de protesta la vestimenta de los transeúntes puede ser distinta, pero deben estar uniformados en el propósito.

El Gobierno no es el principal obstáculo para que la oposición utilice la calle, sino los “colectivos”. ¿No es lo mismo? No, los colectivos son grupos armados amparados por el Gobierno, que gozan de autonomía,  indispensables en la ejecución del trabajo sucio sin tener que rendir cuentas y que, capucha mediante, diluyen la responsabilidad individual en el grupo; fascismo ordinario, puro y simple. La confrontación de la oposición con los colectivos es inevitable en cualquiera de sus estrategias: chinchorro o calle, porque en el caso muy remoto que el CNE admitiera una victoria de la oposición, ahí estarán los colectivos para negarla y rechazarla; por eso hay que enfrentarlos ahora, aunque no con violencia sino con inteligencia y creatividad.

La MUD descalifica la calle como espacio para la protesta, y  nos propone una estrategia que difiera las confrontaciones e hipertrofie paciencia y esperanza en espera de que el CNE nos declare ganadores en alguna de las elecciones futuras; mientras, la oposición disfrutará de un “merecido” descanso durante los  próximos dos años. Hay quienes, sin embargo, creemos que el llamado receso electoral (el término remite a reposo) no puede ser una especie de año sabático para los partidos de la MUD y para la oposición en general, pues ésta necesita, en lo inmediato, transformar la MUD, organizar una verdadera unidad nacional  que haga cambiar al Gobierno (algo distinto a cambiar de Gobierno) en casos como: Venalidad del TSJ, Ley Habilitante, Plan de la Patria y Guerra Económica, entre otras, que la política “quietista “de la oposición academicista no ha sabido enfrentar.

El rescate de la calle por parte de la oposición ha dilucidado el pretendido dilema entre chinchorro y calle, pero ha dejado vigente la unidad de partidos que, aunque cojitranca, es la base para la conformación de una unidad superior, no partidista, no circunscrita a acuerdos entre Capriles y López, pero  clave para que la calle como espacio de protesta pueda funcionar plenamente. El problema radica en que la MUD, en sus estertores electoreros, pretende que para las elecciones parlamentarias del 2015 los partidos de la oposición actúen en forma independiente y, en este sentido, ya han comenzado a aparecer cuestionamientos y rechazos a la tarjeta única. El éxito de la calle depende de que la oposición la transite por una sola acera. La transformación de la MUD debe apuntar en esa dirección: alcanzar la fórmula imperdible de Unidad-Calle.


(1)    Alonso Moleiro. El derecho y el deber de protestar. TalCual. 15-2-2014.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Año sabático de la oposición

Con motivo de la derrota sufrida por la oposición durante las elecciones del  8-12-2013, la unidad de partidos (MUD) ha considerado la posibilidad de dar a éstos la oportunidad de aprovechar el receso electoral (años 2014 y 2015) para ”fomentar el desarrollo relativamente autónomo de los mismos” (1), que se ve amenazado por la “guadaña igualadora de la tarjeta única” (2) ; en otras palabras, como en los  próximos dos años la MUD no tiene nada que hacer, se les recomienda a los partidos de oposición que se entrenen separadamente durante este receso electoral. Oposición disfrutando de su año sabático.

Vean pues, ahora resulta que la culpa (o parte de ella) de la derrota electoral de diciembre pasado la tiene la descolorida unidad que la MUD albergara; por eso se recomienda una estrategia que permita a cada partido desarrollar su musculatura (ya PJ comenzó su calistenia) para tener una actuación independiente y preponderante durante los próximos procesos electorales. Se va la MUD, pero pretende llevarse con ella todo vestigio de unidad.

¿Se le permitirá? Parece que sí, porque el movimiento que se le opone (Ledezma, Machado y López), si bien están en lo correcto al rechazar y atacar el “bostezo caprilero”, no proponen un accionar válido e inteligente, sino un voluntarismo torpe e igualmente partidizado para oponerlo a PJ. Pro y anti MUD bregarán durante dos años para repartirse la torta que ya comenzaron a poner. Hay quienes creemos, sin embargo, que todavía es posible una unidad opositora que supere el anatema de la “anti política” y que ocupe este mal llamado receso político en la organización de una verdadera oposición.

Lo anterior implicaría:  a) una dirección unitaria que no se estructure con base en la preponderancia del caudal de votos de los partidos ”mayoritarios” ; b) una conformación incluyente de la unidad, pues todo el que quiera participar en ella sólo debe comprometerse a luchar contra la dictadura en ciernes y propiciar la restauración de la democracia; c) conformar una agenda que confronte todo abuso de poder y violación de la ley, la actuación de la oposición no puede circunscribirse a la cíclica participación en los procesos electorales, éstos son vitales en un régimen alternativo, pero es el batallar diario lo que asegura su realización en condiciones democráticas.

En torno al acontecer opositor se ventila actualmente un falso dilema: el chinchorro o la calle. Pareciera fácil y lógico inclinarse por esta última pues la primera no tiene nada que ofrecer, ya que para ellos la oposición más eficiente y económica es la que no se hace; mas, la segunda también tiene sus bemoles pues una oposición voluntarista y escandalosa sólo beneficia al gobierno. A la calle hay que llegar con un problema focalizado y diagnosticado, y cuya solución sea factible mediante el establecimiento de metas realistas y alcanzables. La oposición debe ir a la calle a exponer sus razones porque el espacio que las democracias destinan a este propósito (Foro Legislativo), en Venezuela ha sido conculcado.

( 1)    Fernando Rodríguez. TalCual. Editorial. 5-2-2014

( 2)    Carlos Raúl Hernández. ¡Al borde de un ataque de nervios! El Universal. 2-2-2014

jueves, 30 de enero de 2014

El falso diálogo

En una democracia el diálogo es el mecanismo comunicacional por excelencia; el mensaje político (logo) puede vehicularse en ambas direcciones (dia) porque cada interlocutor (gobierno y oposición) tiene la doble capacidad de receptor y transmisor, en el marco de lo pautado y acordado en la Constitución y las leyes. Existe un equilibrio en la capacidad comunicacional de los sectores opuestos; lo que no obsta para que en situaciones excepcionales se requiera de un diálogo especial, habida cuenta de la naturaleza y grado de la contingencia, como, por ejemplo, cerrar filas frente a la amenaza totalitaria.

En los regímenes no democráticos el diálogo se interrumpe, se deja de lado, o el Ejecutivo sólo recurre a él cuando necesita apoyo para sus políticas ineficientes o impopulares; y en el caso de las dictaduras desaparece por completo porque a la oposición le quitan, o se deja quitar, su derecho y capacidad para dialogar con el Gobierno. Este desequilibrio de los actores comunicacionales (uno transmite e informa; y el otro recibe y acata) se traduce también en el desequilibrio de los poderes públicos, en el que el Ejecutivo manda y los otros poderes obedecen. En la Venezuela de hoy no es posible un diálogo entre el Gobierno y la oposición porque ésta perdió la capacidad y el derecho de dialogar con aquél.

En Venezuela el  diálogo político ha sido minimizado y hasta irrespetado, lo que permite que un Ño Pernalete que mande en la AN pueda enviar al cipote el diálogo y otras “exquisiteces del parlamentarismo pequeño burgués”, sin otra consecuencia que la evidencia de su condición de militar. Subsiste, sin embargo, un “diálogo político” en el marco de una oposición colaboracionista, y que tiene como propósito la legitimación del autoritarismo gubernamental y aliviar al Gobierno cargando con parte de la culpa (a veces con toda ella) generada por los errores del Ejecutivo; es una simple comparsa al servicio del gobernante de turno.

La responsabilidad por una oposición débil, derrotada y fuera de foco la tienen quienes adversamos este gobierno sin haber podido hilvanar una estrategia pertinente y exitosa; la responsabilidad por una oposición colaboracionista la tienen quienes pretendieron, y todavía pretenden, que la oposición más eficiente y económica es la que no se hace. Esperan que los errores del Gobierno, o algunas circunstancias sobrevenidas, den al traste con una revolución “Chacumbele”, la estrategia es esperar su suicidio; en un contexto totalitario  una oposición menos colaboracionista no espera el cambio de gobierno, sino que lo provoca haciendo que éste cambie; para lo primero hay que esperar hasta mañana; para lo segundo se debió comenzar ayer.


La oposición colaboracionista, al no actuar (mutismo y falta de acción) frente a situaciones concretas como la estafa de y a Cadivi con las empresas de maletín, la Ley Habilitante, El Plan de la Patria, el saqueo de las tiendas de electrodomésticos, “La guerra económica”,  las devaluaciones, entre otras, produjeron un vacío opositor que ha sido llenado, curiosamente, con fuerzas que provienen de las filas del chavismo, especialmente las más cercanas a Aporrea.org. Todavía la memoria de Chávez se convierte en dique que impide que las aguas se desborden; pero, ¿por cuánto tiempo? Cuidado, Chacumbele es cada vez más vulnerable y a la disidencia le falta poco para llegar a ser oposición.  

jueves, 16 de enero de 2014

De monarquías y seudodemocracias

De niño siempre pensé que las monarquías representaban el poder omnímodo; es decir, los reyes eran dueños de vidas y haciendas y disfrutaban de privilegios que otros mortales sólo podían envidiar; más tarde, en el liceo Fermín Toro, cuando comenzamos a cuestionar la historia anecdótica de Nectario María, pudimos ver que hubo reyes pobres como la reina Isabel La Católica  quien tuvo que empeñar sus joyas para costearle el viaje a Colón. Los monarcas conservaron algunos privilegios pero, definitivamente, perdieron el poder. Los pueblos (soberanos) y los monarcas europeos fueron igualados mediante el ejercicio de la democracia.

Un buen ejemplo de lo anterior es lo que está pasando con la monarquía española; la hija del rey ha sido imputada de fraude fiscal y blanqueo de dinero, ante lo cual, la Casa del Rey se limitó a proclamar sus respetos a las decisiones judiciales. Es posible que la sangre no llegue al río porque, como escribí antes, los monarcas todavía conservan ciertos privilegios; pero ese tratamiento judicial igualitario demuestra una democratización de la justicia que no es fácil de encontrar en nuestras democracias latinoamericanas; en este sentido, no resistimos la tentación de contrastar el ejemplo español con el nuestro.

¿Se imaginan ustedes a la Fiscal General imputando por fraude y blanqueo a un prominente miembro del Gobierno? Jamás, excepto que el indiciado haya sido acusado previamente por el Jefe de Estado; en todo caso, y en el supuesto negado de que llegara a suceder, con seguridad sería despedida del cargo.  Y qué decir si los acusados fueran hijos de los prominentes ya aludidos; peor, porque además del despido ella sería encarcelada en el mismo calabozo en el que tienen a Simonovis y, con seguridad, los hijos de los combatientes y “combatientas” continuarían jugando Monopolio con dólares de verdad y de Cadivi (o del nuevo Centro Nacional de Comercio Exterior). En otras palabras, en la “democracia venezolana” los gobernantes y sus familiares son monarcas del siglo XXI.   

¿En cuál de las dos formas de gobierno (monarquía europea o “democracia venezolana”) hay más presencia de privilegios indeseables? En nuestra seudodemocracia, sin lugar a dudas. Entonces, ¿por qué los sectores más afectados negativamente por estos aberrantes privilegios apoyan las políticas gubernamentales? Porque carecen de una oposición que ayude a desalienarlos (*),  con permiso de nuestra ex ministra “experta” en alienación, que permita develar “quién es quién” en este Socialismo Siglo XXI. Alienado es quien vota por los chavistas “porque así lo hubiera querido Chávez”; quien acepta que lo envíen a robar unos electrodomésticos “porque así combatimos al Imperio”; quien no le importa que los combatienticos y sus progenitores saqueen el país porque “así es que se gobierna”.

La desalienación consistirá en develar el carácter no democrático del actual gobierno; en consecuencia, deberá constituir la agenda y prioridad de la nueva oposición; y decimos nueva porque la MUD ya no puede seguir representando a la oposición sobre la asunción de que el Gobierno es democrático; mientras no haya separación de poderes este Gobierno no puede considerarse democrático y, en consecuencia, no debe ser tratado como tal; no se trata de declararle la guerra al Gobierno, sino a las violaciones a la Constitución y al abuso de poder.  Por eso, develar el carácter dictatorial del régimen supone: explicar al país y al mundo las violaciones y los abusos, y luego realizar las correspondientes acciones de resistencia. La desalienación asegura una oposición sin retrocesos y a prueba de “saltos de talanquera”


(*) En este contexto concebimos la Alienación: “Como el proceso mediante el cual un individuo o colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que cabría esperarse de su condición…sustituye la realidad por el discurso de otro” (www.claseshistoria.com)