sábado, 27 de septiembre de 2014

Revolución estafada, pero aceptada

Uno de los rasgos más singulares de la revolución chavista es que a pesar de haber sido reconocida como estafa, se le sigue aceptando coordenadas y parámetros democráticos según el texto constitucional. Se pide respeto para un Ejecutivo que ha conculcado los Poderes Públicos; se sigue acudiendo a pedir justicia a un TSJ que reconoce, acepta y aplaude su falta de autonomía e independencia; se pide que se investigue y sancione la corrupción a una Fiscalía General que ya ha clasificado a los corruptos en buenos (los rojitos) y malos (de cualquier otro color);  y se pelean la representación ante una Asamblea Nacional subyugada y sometida al capricho de un capataz verde oliva. 

Y es precisamente la inminente elección para renovar la AN (2015) la que motiva estas reflexiones, pues ya los partidos políticos de oposición se aprestan a intervenir en la contienda en el marco de la estafa democrática que comentáramos en el párrafo anterior, y tratarán estas elecciones como una de rutina. En efecto, todo indica que participarán cada quien por su lado para ver que partido inyecta más miembros a la AN; en otras palabras, tratarán de ver quien lo hace mejor. Así, la AN se convertirá en una botella vacía que se disputarán a dentelladas cuatro borrachitos de la oposición.

Pero en el marco de la dictadura que padecemos no interesa, ni importa, lo que haga cada partido sino lo que hace la oposición como un todo. Lo importante es comenzar a derrotar al Gobierno y, para eso, es necesario que cada partido vote por el otro, así como el otro votará por él, es decir, por la unidad. Cada partido por sí solo no podrá derrotar al Gobierno, pero al unirse le será muy fácil alcanzar ese objetivo. El propósito fundamental de la elección del 2015 no es el nombramiento de un nuevo parlamente sino la creación de condiciones que mermen la credibilidad y apoyo popular del Gobierno, y que,  en el mejor de los casos, superen la votación de aquél.

En estas elecciones que vienen  se deberían alcanzar dos objetivos: la unidad y una votación mayoritaria con relación a la oficial. La conquista del primero es crucial e indispensable, si no hay unidad no habrá nuevas elecciones con posibilidades reales de derrotar al Gobierno; y tampoco habrá calle ni Constituyente. Por eso asombra la pelea que escenifican actualmente los partidarios de López y Capriles, quienes parecen no estar dispuestos a conciliar sus pretensiones; si estos señores hubiesen estado por ahí cuando el famoso juicio del rey Salomón, no habrían dudado en aceptar que cortaran al niño en dos para satisfacer el ego de cada uno.

Pero Capriles y López no son los únicos que no están dispuestos a sacrificar pretensiones para alcanzar una unidad opositora; hay mucha gente que no tolera el gobierno de Maduro, pero menos a los representantes de la actual oposición. Esto es entendible, aunque no lógico, porque el regreso a la democracia supone el que todos sacrifiquen siglas, pruritos y ambiciones; de otro modo, las ridículas ambiciones de unos pocos terminarán por amargar a la mayoría. Estamos frente a una dictadura; hay que enfrentarla, pero no con estandartes ni fanfarrias sino con unidad; a menos que no queramos eso, es decir, enfrentarla.

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